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¡Quiero un yogur, no cuatro!

De todas las tipologías de envases existentes reconozco que los míticos tambores de detergentes de los años setenta son de los que mejor me acuerdo. Su peculiar formato cilíndrico y el volumen que requerían para contener los ocho kilos de producto hacían que no pasasen inadvertidos para las hercúleas amas de casa y para ningún niño, quienes con posterioridad los reutilizábamos para meter los indios y vaqueros, que era con los que se solía jugar en aquella época.

Los envases de esa época -dicho sea de paso- estuvieron acompañados de las primeras campañas testimoniales que tantos éxitos en ventas lograron. Por tanto, estoy haciendo referencia a una época dorada de la comunicación en la que era más fácil impresionar de lo que es ahora y que tuvo su cenit con aquella célebre frase de nuestra historia publicitaria del “Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”, con que Manuel Luque, director general de Camp, prescribía su producto en aquella televisión aún con deficientes colores.

Pero en esto de los envases, como en todo, hay sus peculiaridades. Un buen día a alguien de Marketing, o con claras visiones comerciales, se le ocurrió que los yogures se debían vender de cuatro en cuatro, la leche en cartón de seis en seis, los huevos de doce en doce, los rollos de papel higiénico de treinta y dos en treinta y dos, y así podría enumerar múltiples casos. O, por poner otro ejemplo, que en los últimos quince años hayamos pasado de consumir el agua envasada en formato de un litro, para pasar al litro y medio, luego a los dos litros, cinco y, finalmente, a ocho.

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Autor: Carlos Alonso, consultor de Marketing y Comunicación C.A. Grupo de Comunicación

Fecha: Febrero 2010

 



 

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